T e a m i n g
unir a muchos, por muy poco ...

“espero que el teaming ayude a que cada vez sean más los jugadores de este gran equipo de la humanidad”. Frank Rijkaard

Así como el término inglés market (mercado) dio lugar al marketing, Van Eyle aspira a que team (equipo) dé lugar a teaming, algo así como “hacer equipo” para un fin solidario.

Teaming es una iniciativa solidaria de microdonaciones en equipo,  que individualmente no serían viables.

Propone que una cantidad simbólica y voluntaria, de poco peso para el bolsillo personal, se transforme en una valiosa ayuda para una ONG o fundación. Responde a la consigna de “unir a muchos, por muy poco” y es muy sencilla: un grupo de personas, o empleados de una empresa, acuerdan el aporte de una cifra mínima (que puede ser desde $1) de su sueldo para colaborar en una propuesta determinada.

ES un concepto, una filosofía, una idea para activar la ayuda; una manera de lograr pequeños y grandes milagros.
Es trabajar en equipo para un mundo mejor; solidaridad realizable por cualquier grupo de personas sin que se tengan que destinar grandes sumas de dinero, o demasiado tiempo.

Teaming NO ES una ONG, ni una fundación. Tampoco una empresa. No tiene cuenta ni recibe dinero.

 

Banco de Ideas Teaming en Código R

Consideramos al Teaming como una buena motivación para hacer equipo, que fortalece la Reputación Social de la Empresa y el compromiso de sus empleados, ya que juntos se implican en la oportunidad y destino de la ayuda.

Creemos que es un aporte simbólico en el nivel individual, pero adaptado a una gestión RSE con un plan sustentable, constituye una fuente generadora de recursos constantes.

Poniendo en práctica el CONOCER PARA que sustenta nuestra teoría del Know For suscribimos a esta iniciativa solidaria, abriendo la consigna "Banco de Ideas" en donde canalizar una ayuda que cuesta muy poco esfuerzo y puede gestionar grandes resultados.

      Las primeras ideas o ejemplos

  • aplicar la idea Teaming a los padrinazgos que estén actualmente en desarrollo

  • asumir el costo de los servicios de un comedor asistido por ONG o un grupo de voluntarios, sin recursos  (luz, gas, teléfono, etc.)

  • organizar la provisión de alimentos, útiles escolares, calzado, medicamentos, etc.

Quién es Jil Van Eyle

  ¿se te ocurren otras? esperamos tu mail info@codigor.com.ar

Van Eyle es un economista holandés que, luego de una infancia difícil y con muchas privaciones, se propuso triunfar en la vida. Fue Director de Marketing de Eurotúnel y luego fundó su propia empresa de transporte que fue un gran éxito.
El nacimiento de su hija Mónica con hidrocefalia hizo que su vida diera un vuelco absoluto. Tomó contacto con el accionar de las fundaciones y advirtió que era necesario buscar la forma de articular sus necesidades de recursos con las posibilidades económicas de las empresas.  Por su experiencia laboral, sabía que no era habitual que en las compañías se trabajara con espíritu de equipo, situación que sí se verificaba en las organizaciones sociales. Comprendió que debía crear algo que conectara ambos mundos. Así nació el “Teaming”. Jil Van Eyle es asistente personal del director técnico del Barcelona de España, Frank Rijkaard, quien personalmente contribuye con la difusión en los medios de la metodología del “Teaming”.  Fuente:  http://www.teaming.info

 Teaming en la Empresa ... es una decisión empresarial tomada por los empleados, opina Jil

 Pasos para implementarlo

1. Informar a los compañeros. Compartir las inquietudes solidarias y formar equipos de personas que se entusiasmen con la idea.

2. Elegir entre todos una causa para la donación.

3. Informar a la empresa. La dirección tiene que saber que hay un equipo dispuesto a donar una cifra mínima cada mes para que apadrine el proyecto y se encargue de recaudar el dinero y de su transferencia.

 

4. Firmar un documento de aceptación. Hay que dejar constancia por escrito de la aceptación para que se pueda hacer el descuento cada mes.

5. La gestión de la empresa: ésta contará con un beneficio fiscal que puede compensar con recursos propios para participar del equipo.

Fuente: http://www.teaming.info

  La suma de las voluntades, Leonardo Blanco

El holandés Jil van Eyle pasó una infancia dura; luego tuvo una hija con discapacidades varias; se hizo millonario y, de golpe, lo perdió todo. Fortalecido por la adversidad, puso su mente en positivo y creó una propuesta solidaria, teaming: pequeños grupos sociales que aúnan sus energías para favorecer a los que más lo necesitan

Negra, pesada, espesa, una y otra vez se le aparecía la sombra del miedo. Tuvo miedo cuando su madre le dijo: “Papá se fue”. Miedo mientras robaba comida para poder amortiguar el hambre de varios días. Miedo cuando el médico disparó: “Es una nena, pero hay un problema muy grande”. Miedo. Tanto, que hoy cree que el sentirlo así, tan crudamente a lo largo de su vida, lo inmunizó. Y es exactamente eso, cuenta, lo que le permite elegir hoy la parte bonita de la vida. Así lo dice: “La parte bonita de la vida”.

Jil van Eyle es alguien a quien envidiar: este holandés de 40 años va por la vida sin tenerle miedo a nada ni a nadie; está seguro de que todo, absolutamente todo, ya está escrito y que sólo cabe asumirlo y adaptarse; tiene una profunda convicción: dice que el mundo se puede cambiar para mejor y, lo que es peor, quiere cambiarlo.

 


con su hija Mónica

 
con Paulta Torres en Buenos Aires

Para eso creó teaming , un concepto, una filosofía, una manera de lograr “pequeños y grandes milagros”, según afirma en su libro Teaming, trabajar en equipo para un mundo mejor. Una propuesta de ayuda social adaptada a los tiempos y los intereses modernos: solidaridad realizable por cualquier grupo de personas sin que se tengan que destinar grandes sumas de dinero ni dedicar demasiado tiempo.

La propuesta responde a la consigna de “unir a muchos por muy poco”, y sorprende por su sencillez: los empleados de una empresa (o cualquier otro colectivo de personas) se ponen de acuerdo para aportar una cifra mínima (él propone un euro al mes) de su sueldo para colaborar con una causa elegida por ellos mismos. El aporte es simbólico en el nivel individual, pero sumado puede representar una importante ayuda para la fundación, organización no gubernamental (ONG), hospital o particular (por ejemplo, un padre del mismo grupo que tenga a su hijo con alguna enfermedad compleja) que se haya elegido.

Seguir y aguantar
Si no fuera porque vivió todo lo que vivió se podría decir que Van Eyle es un ingenuo. O, tal vez, que porque vivió todo lo que vivió ya se puede permitir serlo... Tuvo que experimentar casi todo lo que uno imagina que alguien debería soportar para empezar de una vez por todas a ver las cosas de otra manera, a cambiar los parámetros y a disfrutar de todo lo que le toque. En el sinuoso derrotero de su vida se ve claro, inevitable, predestinado, el germen del teaming, su plan para cambiar el mundo.
Desde muy chico supo de abandonos. Nació en una familia con una mamá, un papá, una hermana natural y dos hermanos adoptivos: Annemarie, abandonada cuando cumplía los 6 meses por una prostituta holandesa, y Robbert, cuyos padres habían sido asesinados en la guerra de Corea del Sur. Aunque convivió con la soledad crónica de Annemarie y Robbert, nada lo preparó para lo que vendría.
Tenía 8 años el día en que su mamá entró al cuarto para soltar aquello de: “Papá se fue”. Le tomó segundos entender que era definitivo. Tal vez ya había conocido el miedo, pero era la primera vez que experimentaba el pánico. Esa noche lloró hasta sentirse mareado.
Treinta y dos años después, recuerda esa acritud que le hizo doler el alma a los ocho. Ese desasosiego atroz que lo llevó a imponerse la tarea de mantener unida a la familia. A sentir que si hasta ese momento no habían funcionado como un equipo iban a tener que empezar a hacerlo. Ahí, reconoce, estaba el tímido comienzo del teaming: trabajar en equipo para sobrevivir.
No quiere recordarlo. Esa parte de su pasado lo avergüenza. Pero más de una vez, para paliar el hambre, el equipo tuvo que transformarse en la “Brigada A”, así la llamaban. Tenían roles bien definidos: Annemarie y él se encargaban de entretener a los empleados del supermercado Spar, en Loosdrecht, el pueblito cercano a Amsterdam en el que vivían, para que Robbert pudiera robar algo de queso y pan.
–Durante días enteros ésa era la única comida. Es raro, pero lo que más me acuerdo de esta época no es el hambre en sí, sino la felicidad de cuando por fin podíamos comer. Disfrutaba de cada trocito que tragaba. A veces el pan ya estaba viejo y el queso vencido, pero aun así lo disfrutaba.
No hay autocomplacencia en sus palabras. No hay hecho, por desgraciado que sea, que no le haya dejado algo positivo. “Hay que seguir y aguantar”, se decía cuando todo tiraba para abajo.
Seguir y aguantar cuando, a los diez años, un accidente grave lo dejó con una mano destrozada y lo obligó a soportar varias operaciones. La recuperación fue larga, pero, dice, eso le sirvió para tener disciplina.
Seguir y aguantar cuando, poco después, se cayó del techo de su casa y una lesión en su espalda lo dejó un año en cama. Su padre jamás fue a visitarlo pero, dice, eso lo ayudó a madurar.

Una promesa propia de idiotas
A los catorce años, el primer día de trabajo como vendedor de diarios se hizo “una promesa propia de idiotas”: “Antes de los 30 voy a ser millonario y a tener un Porsche”, se juró, mientras recorría las calles cargando los diarios del día.
A los veinte años comenzó la carrera de Ciencias Económicas; trabajaba de día y estudiaba de noche. Una vez que tuvo la licenciatura fue contratado como director de marketing de una empresa europea. A los veinticinco, cinco años antes de lo que había trazado en sueños, ya tenía un sueldo muy alto y un Porsche. Vestía trajes de Hugo Boss, viajaba permanentemente y se hospedaba en hoteles cinco estrellas.
En los años siguientes se casó, dejó su trabajo e inició su propio emprendimiento. En dos meses tenía cincuenta empleados y había llegado a las páginas de The New York Times. Se había transformado en el paradigma del empresario exitoso. Todo marchaba según su sueño. Pero un día despertó. Tan confundido como se suele despertar de los sueños, vio cómo un error de cálculo lo dejaba en la ruina. Su empresa pasó del éxito absoluto a la quiebra en días. Volvió a salir en los medios, pero prácticamente en calidad de estafador. Perdió todo lo que tenía: su casa en Amsterdan, su Porsche, y hasta los trajes de su placard. El sueño se derrumbaba, pero el “seguir y aguantar” se repitió.

Otra casa en otra ciudad y otro auto. Con Victoria, su mujer, se habían trasladado a Palma de Mallorca. Tenían un Fiat Punto color azul. Y él ya no usaba trajes de marca.
Victoria iba por su séptimo mes de embarazo cuando el doctor que hacía la ecografía les dio todas las noticias juntas: “Es una niña, pero hay un problema muy grande: va a nacer con hidrocefalia”.
En el Fiat Punto azul estacionado en la puerta del hospital, Van Eyle y su mujer lloraron durante más de una hora. No era un llanto normal, dice: era algo más profundo, “que venía desde muy adentro”. A lo lejos hoy compara: el miedo que sintió era muy parecido al que lo había asaltado el día en que su padre desapareció para siempre.
Pese a las pocas probabilidades de que sobreviviera al parto, Mónica nació el 8 de octubre de 1998. Llegó al mundo paralítica, sorda, muda y ciega.
–En el hospital nos la dieron para que fuera a morir a casa. Fueron meses de agonía. Yo me pasaba noches enteras viendo si respiraba. Pero Mónica resistió. Pese al dolor, yo estaba feliz. Después de todo... ¡había sido padre por primera vez! Junto con ella, nací como alguien totalmente nuevo.
En ese momento límite el nuevo Jil van Eyle dejó de sentir miedo. Dice que de alguna manera los momentos difíciles de su vida lo hicieron más fuerte. Dice, sin importarle lo duro que pueda sonar, que está feliz de que algunas cosas como la enfermedad de su hija le hayan sucedido.
Paradójicamente, eso, su hija y una enfermedad que sigue poniendo en riesgo su corta vida una y otra vez, es lo único que lo hace llorar ese llanto raro, que viene de muy adentro.
–Después de que se llevan a tu hija al quirófano y te quedas sin saber si volverá, ya no les tienes miedo a las cosas. Empiezas a ver cada vez más la parte bonita de la vida.

Así lo dice, “la parte bonita de la vida”. Hace un tiempo ya que Van Eyle se propuso cruzar otra línea. La que divide a los que opinan de los que hacen. Con la misión final de cambiar el mundo, pero de a poco, habló con presidentes de empresas y fundaciones, con taxistas, con camareros, y hasta con su madre (“una hippie de 70 años”) para impulsar su proyecto de microdonaciones. Su manera ingenua y sencilla de cambiar el mundo que le tocó. Mucho más que seguir y aguantar.
Fuente: La Nación, 5 de agosto de 2007 Sociedad / Historias de vida